martes, 15 de septiembre de 2009

Nota

La Antártida ¿Argentina?

La gran mayoría de los argentinos no repara en la Antártida, si lo hacen, muchos parten del error de considerarla definitivamente consolidada dentro de la soberanía argentina, o pensando, ingenuamente, en una pequeña porción de tierras congeladas. Así fuimos educados, por algo será.


La República Argentina posee una superficie de 2.780.400 km² y ocupa el octavo puesto mundial entre los países con mayor extensión.
Además, mantiene un pedido de soberanía sobre 1.461.597 km² de territorio antártico, el equivalente a la mitad de su territorio actual, exactamente lo mismo que: Santa Cruz, Chubut, Río Negro, Neuquén, La Pampa y Buenos Aires, juntas. Si Argentina lograra incorporar esas tierras bajo su soberanía, quedaría en el séptimo lugar mundial con 3.761.274 km² de superficie.
Las ventajas de poseer ese territorio exceden a las genuinas ambiciones soberanas del país: geopolíticamente es central, militarmente es estratégico, desde lo científico es estimulante y es económicamente favorable. Claro que para eso, Argentina debería lidiar con el reclamo superpuesto de otros países y con la propia desidia nacional.

La injerencia extranjera y la vista gorda

En verdad, la potencialidad antártica no se toma en su verdadera dimensión porque el discurso colonizador reinante y los gobernantes vende patria han hecho mella sobre la representación que la sociedad argentina tiene sobre esas tierras.
Esta desvalorización, ignorancia o indiferencia, se basa en dos aspectos: uno cuantitativo y el otro cualitativo.

- Desde lo cuantitativo la sociedad argentina no tiene conocimiento de la extensión real del territorio antártico reclamado. Tan grande es que, para ejemplificarlo con claridad, si se incorporara, el centro geográfico longitudinal de Argentina pasaría a ser Viedma. Sí, Viedma, aquella que “el padre de la democracia” e indultor quería transformar en Capital Nacional por concejo militar.
La comunicación imperialista operó, incluso, cartográficamente. Hasta hace muy pocos años, todos los estudiantes primarios de nuestro país utilizaron el mapa político Bernardino Rivadavia, en el que, curiosamente, el territorio antártico aparecía agregado en un recuadro inferior, no sólo fuera de su geografía natural sino en una escala menor que el resto del territorio nacional.
Y creer o reventar, nos acostumbramos a pensar en falsas dimensiones y en una porción de torta menor a la que verdaderamente corresponde. La metáfora de la torta no es arbitraria si se mira la actual división del Continente Antártico con 8 países reclamando parte del territorio (Fig 1). Cabe aclarar, que todos estos reclamos están suspendidos por la aplicación del artículo 4 del Tratado Antártico de 1961 pero que promete grandes rivalidades a su caducidad.
Es claro que si la representación cartográfica hubiese defendido intereses nacionales tendría que haber respetado dimensiones geográficas proporcionales e ir actualizando las divisiones políticas en disputa, para otorgar una visión esclarecedora, más cercana a la realidad y al debate nacional que tenemos por delante.
Sin embargo, por una curiosidad histórica que no es casualidad, los mapas en cuestión tomaban el nombre del primer Presidente, Bernardino Rivadavia; el mismo que contrajo el primer empréstito argentino a favor de Inglaterra con el que endeudó al país innecesariamente por 80 años y por un dinero que nunca llegó, sino en títulos.

El mismo presidente que ante el litigio con Brasil sobre la cuenca del Río de la Plata, concedió, por intervención y sugerencia de la diplomacia británica, la banda oriental del río para la creación de un tercer estado: Uruguay. Y el mismo que entregó parte norte y oeste del territorio argentino, también, por expresa recomendación de Inglaterra.Pero las casualidades no terminan ahí: Inglaterra es uno de los 8 países que tiene reclamos de soberanía sobre parte del territorio antártico. Entonces, la representación cartográfica del mapa político B. Rivadavia, más que una imagen del territorio nacional, parece una consecuencia de las políticas gubernamentales ha pedido del imperialismo liberal, implementadas por aquel presidente inaugural y mantenidas por todos los que le siguieron. Autorizando una y otra vez el engaño nada menos (o justamente) que en la educación de su pueblo.

- Desde lo cualitativo se inculcó a la sociedad argentina que esas tierras cubiertas de hielo, con nieves eternas y temperaturas bajo cero, no servirían para nada. Y al no ser productivas eran, por lo tanto, olvidables. Claro que quienes debíamos olvidarnos de esas tierras éramos los argentinos y no recordar, incluso, que otros países pudiesen estar interesados en ellas.
En verdad, esas tierras no sirven para ser sembradas ni para criar ganado, que era el fundamental interés en los tiempos en que dejamos de ser colonia española, gracias a los hombres de Mayo, para defraudarlos después y transformarnos en colonia británica.
Pero los tiempos cambian, dejamos el carbón por el gas y el petróleo y pasamos de la modernidad a la era de las necesidades básicas irresueltas: escasez de agua dulce y una demanda creciente de alimentos. Esto, en un entramado global en el que el conocimiento es clave. En este contexto la Antártida comienza a cobrar cada vez mayor valor y, cuidado: las potencias mundiales se diferencian por pensar a largo plazo…

¿Por qué prestarle atención?

Para ejemplificarlo geopolíticamente se recomienda tomar un planisferio y colorear los siete países con mayor territorio, si Argentina incorporara las tierras antárticas. Se reconocería automáticamente que el país pasaría a cumplir un papel de mayor protagonismo a escala mundial y de manera preponderante. Y si bien la idea de extensión territorial unida a la grandeza de una nación es una premisa desprestigiada, lo es, justamente, porque países que no contaban con grandes territorios (y por ende con pocas riquezas naturales) han sabido presionar, obstaculizar e invadir a países con mayores recursos pero más vulnerables, para hacerse de sus bienes.
Geopolíticamente, decíamos, Argentina sería el país con mayor latitud en su extensión, lo que significaría la mayor variedad de climas con las diversidades biológicas que ello implica. Y atención aquí: sería uno de los pocos países en el mundo que contaría con puertos en dos océanos diferentes y podría ser, a excepción de Estados Unidos, el único país de América en tener un paso transoceánico.
Por si fuera poco, Argentina contaría con una de las mayores reservas de agua dulce, fácilmente potabilizable para el consumo humano, en un mundo en el que actualmente mueren por día 12.000 niños por falta de agua o por enfermedades derivadas del consumo de agua mala.
Desde lo militar, el país potenciaría sus posiciones estratégicas, pues, además de contar con puertos de ultramar en el Atlántico y en el Pacífico, podría tener bases aéreas en el lugar más austral del mundo, con lo que obtendría un mayor control del hemisferio sur y del Pasaje de Drake. Se podría, además, profundizar la intervención continental que ya se tiene con las 13 bases en funcionamiento permanente y transitorio.
Científicamente, es un desafío estimulante. La Antártida es un continente prácticamente inexplorado y lo poco que se lo ha podido estudiar resulta muy alentador. La potencialidad de obtener energía eólica que le permitiría autoabastecerse, la existencia de especies marinas que pueden evitar el congelamiento y otras miles que esperan ser develadas, lo convierten en un nuevo ecosistema riquísimo para la investigación.
La sustentabilidad económica es tan incuestionable como inmensurable.
Se cree, cerca de la certeza, que existen bajo su suelo grandes reservas de petróleo, gas y minerales. La explotación minera responsable sería un aliciente en un país donde esa activad contamina y es penosamente extranjera. En un país, también, que ya está sufriendo las consecuencias del desmonte por el afán de obtener más tierras cultivables (léase, brindando materias primas y alimentos a los países dominantes a un costo menor del que a ellos mismos les costaría producir y sin los desastres ecológicos que acarrea), la Argentina podría incorporar nuevos animales en las dietas culinarias: en la Antártida habita la foca cangrejera que es el mamífero con mayor número de individuos en su especie que existe en la tierra. En ese sentido, son varios los que apoyan la posibilidad de utilizar krill, con un alto valor nutricional, para alimento humano. Y no es cuestión de depredar, sino de realizar un proyecto viable en un contexto en el que se cree que dentro de 50 años más del 50% de los alimentos provendrán del mar.
La actividad pesquera en aguas australes ya está demostrando su capacidad productiva aunque, lamentablemente, también se está explotando un recurso nacional por empresas internacionales.

Precauciones

En su política de integración del territorio antártico, Argentina debe tener en cuenta algunas precauciones para no obtener resultados desfavorables en su reclamo de soberanía.
Los cuidados deben responder, principalmente, a los reclamos de soberanía de otros países y a los intereses que puedan tener otras potencias sobre el territorio.
Parte del territorio que Argentina reclama se encuentra superpuesto a los reclamos de dos países: Chile, por un lado y (“¡Eureka!”) Inglaterra, por el otro, que reclama toda la península Antártica. Y es allí donde el país debe tomar recaudos porque Londres ya ha demostrado la capacidad que posee a la hora de defender sus intereses terrenales, ya sea por la fuerza: como lo hizo en Malvinas, o por la diplomacia: como el citado caso de la creación de Uruguay. Máximo, cuando los bretones ya han solicitando a la ONU la extensión de la plataforma marítima, han emitido su moneda para la Antártida, y cuando Francia, Noruega, Nueva Zelanda y Australia, que también tienen reivindicaciones territoriales sobre el continente, reconocieron el Territorio Antártico Británico.
Nuestro país, tampoco debe descuidar la posibilidad de que se quiera nombrar a la Antártida “patrimonio de la humanidad”, intentona que, proclamando velar por el bien futuro de los hombres, propone borrar la soberanía de los pueblos sobre sus territorios, como ya lo propuso EEUU con el Amazonas. Las fronteras puede que sean un impedimento para la unión de los pueblos, pero la injusticia y la dominación lo son aún más.
Al igual que debe prestar atención a las barreras proteccioncitas impuestas por países que, enarbolando banderas ecologistas, socavan hoy, con total hipocresía, el ecosistema y sus recursos. O recordar, al menos, que el capitalismo neoliberal e imperialista no es ecologista.
Nuestro país debe profundizar las políticas destinadas a la Antártida para que no se sume a nuestra penosa lista de frustraciones. Para eso se necesita lealtad nacional en la política, ética en la Fuerzas Armada y otros organismos y responsabilidad en la sociedad.
Entre las medidas que se analizan, poblar el suelo austral no es una idea desechable. Y aumentar el presupuesto destinado es una necesidad.
Se podría empezar restituyendo al viejo buque Irizar por nuevas embarcaciones o, por lo menos, abandonado el mapa de la dependencia discursiva y adoptando por ley nacional el mapa bi-continental emancipador. (Fig 2).
Por otro lado, dado que el territorio reclamado por Argentina está comprendido casi en su totalidad dentro del reclamo británico y en gran parte por el reclamo chileno; una buena posibilidad sería que Argentina y Chile, bilateralmente, se unieran para peticionar en organismos intencionales ante la reclamación inglesa y para contradecir de una buena vez nuestro pasado latinoamericano referenciado de intervención británica para separar a pueblos hermanos y arriarse victoriosa sobre la división.

Tenemos que abandonar la imagen imperialista que tenemos como argentinos de ser un país exclusivamente agrícola-ganadero, porque, excluyendo nuestras excelentes potencialidades tecnológicas y humanas y tomando en cuenta solamente nuestros recursos naturales, el territorio, actualmente, no sólo nos ofrece otras variantes económicas sustentables; sino que en el futuro, si hacemos las cosas bien, además de lo que ya tenemos, nuestro suelo puede estar cubierto casi en un 50% de hielo.

(Nota publicada en Revista el Zordo Nº 12)

(Fig 1). División actual con los reclamos

(Fig 2). Mapa bi-continental