La construcción discursiva del otro.
En el transcurso de estos cinco años de gobierno Kirchnerista, se sucedieron varias críticas, provenientes de diferentes sectores, sobre la utilización de un discurso gubernamental manierista y manipulador de la opinión pública. Sintetizado, se lo denomina como un “doble discurso”, pero pueden observarse diferentes variables, desde su connotación, sobre la construcción de la otredad.
Entre los diferentes puntos que en este respecto pueden rastrearse en el discurso oficialista sobresale la utilización de la antinomia: “nosotros o el mal mayor”. Cuestión ésta que se enfatizó en las últimas elecciones para posesionar a Macri como lo peor que le puede pasar a la argentina. Como si el kirchnerismo, en verdad, no fuera muy parecido al macrismo. Porque, vamos, que este gobierno por más que se proyecte ante la sociedad como un gobierno “reformista”, ahí están todavía la brecha entre ricos y pobres, los recursos energéticos y mineros privatizados y extranjerizados, la criminalización de la protesta por la firma de la ley antiterrorismo, la ley de radiodifusión de Martínez de Hoz, la flexibilización laboral, y una larga fila de etc. que esperan por una reforma pragmática y no discursiva. (Vale aclarar que esto se esperaría de un gobierno que se dice reformista no de un gobierno como puede ser el macrista para quien no hay otra ley que la de la selva-mercado y que se caiga quien no pueda agarrarse).
Otro punto, que se puede mencionar como una figuración discursiva que hace el oficialismo es el contraste continuo entre peronistas – anti-peronistas, que le sirve al gobierno para denominar como “gorila” a cualquier crítica. Aunque lo ilógico sea plantear la discusión en estos términos, cuando ya el peronismo dista de ser aquel movimiento justicialista que iniciara su general. Hoy, como mejor ejemplo de anti-peronistas basta con ver en lo que resulto el peronismo actual. Sin embargo, en estos últimos días, está clasificación recayó airadamente sobre los directivos de la Sociedad Rural Argentina, quienes más que gorilas son anti-populares. Es decir, que si bien es cierto que no le gustan los peronistas, con ellos han sabido, llegado el caso, ser socios en más de una oportunidad. Porque lo odiado por los dirigentes rurales es, en realidad, el pueblo, las masas, aquellos “cabecitas negras” del ayer y del hoy. Claro que por debajo de esto, subyace una significación aún más caprichosa y es la que lleva a los actuales peronistas a conceder a su partido la convergencia: peronista = pueblo. Cabría entonces la pregunta ¿es el peronismo actual, un movimiento popular?
Si es así, por qué se va a endeudar al país con la construcción de un tren bala que solo servirá para unos pocos y que tendrá estaciones, curiosamente, en las ciudades más ricas del país. Por qué no se utilizan las retenciones a las exportaciones para la construcción de un tren acorde con las posibilidades de un país tercermundista y latinoamericano. Por qué no se intenta comunicar a los pueblos del interior y sus mercancías con los grandes centros urbanos para reflotar las economías regionales a través de un verdadero sistema ferroviario democrático.
El gobierno, a través de su discurso, simplifica una y otra vez la lucha de poderes (que no es otra que la lucha de clases) con antinomias en donde se construye al otro como salvoconducto de su propia imagen y está se trasluzca con la de un gobierno “progresista y reformista”, representante del pueblo, para que al otro, por oposición, solo le quepa el traje del malvado ponedor de palos en la rueda.
No habla de los diferentes estratos sociales que comprende el campo ni trata de guarecer a los pequeños productores de las megas multinacionales. No habla de repartir las tierras entre diferentes cultivos regionales. No habla de blanquear a los peones y mejorar su salario. No opina que la tendencia al monocultivo, no se dio de la noche a la mañana, sino que se fortaleció con el gobierno de Nestor Kirchner. Habla “del campo” como una entidad indisoluble y nada hace para mejorar algunas de las injusticias mencionadas anteriormente.
Y que no se confunda el lector: la Sociedad Rural está emparentada con lo peor de nuestra historia y está unida a las injusticias más aberrantes, es responsable del desequilibrio y del sin sentido general, pero por qué este gobierno insiste con ser el portavoz de los derechos humanos. No cabe, entonces, preguntarse a quiénes está silenciando al tomar esa voz. Esa voz reivindicatoria, en realidad, no les correspondería a los trabajadores de las fábricas recuperadas, a los pueblos originarios, a los portavoces de los diferentes centros de derechos humanos, a las mismas madres y abuelas de plaza de mayo, a los inmigrantes empleados vilmente, a los que están trabajando en negro. Por qué el actual peronismo tiene que ser el portavoz de los derechos humanos cuando tiene en sus filas a Alberto Fernández, a José Luis Romero y a Daniel Scioli. Qué idoneidad moral tienen para ser adalides de los derechos humanos. Cómo pueden llenarse la boca, hablando de la importancia de estas normas, cuando todavía está impune el secuestro de Julio López y es claro el desinterés o la ineptitud para proteger a los testigos en los juicios de lesa humanidad dejando que secuestren en sus narices a Juan Puthod para después buscarlo con 250 oficiales, mientras se disponían de 500 efectivos para reprimir a los trabajadores de Maffisa, en La Plata, por defender sus puestos laborales. Claro que esta bien que un gobierno pregone su férrea convicción por la protección de los derechos humanos, pero mejor sería que actuara en consecuencia.
Otra de las simplificaciones discursivas que aplica este gobierno es posicionarse como celador de las masas populares contra los arrebatos de la oligarquía. Cuando en realidad, lo que facilitan con todas estas perogrulladas es que no se discuta nada. Nada que verdaderamente sea transformador, nada que saque a la argentina de esta crisis endémica, nada que cuestione los límites de los privados, nada que aclare las facultades constitucionales de la intervención estatal. Nada que plantee un curso revolucionario. No. A ver si el pueblo recuerda que hay muchas otras formas de llevar a la realidad, un país más equitativo y justo, desterrándolo de la abstracción meramente discursiva. Algunos lo justifican comparándolo con la intrascendencia que tenían estos temas durante el menemismo. Sería bueno comentarles que esta realidad dista mucho de estar a la altura de lo que debería ser.
Incluso, sería pertinente recordarles que en 1837 Esteban Echeverría publicaba su poema en prosa La Cautiva, un texto que versa sobre los infortunios que deben pasar una mujer blanca y un soldado del frente conquistador del “desierto” (vaya paradoja, conquistar un desierto), para escapar del cautiverio y las vejaciones a las que los sometían un malón de indios “incivilizados”. Para contar la historia Echeverría no sólo oculta los motivos por los cuales los indios se sublevan, que no era otro que la defensa ante el arrebato y el genocidio al que se los estaba sometiendo, sino que además, en su texto “los salvajes” no tienen derecho a defensa y mucho menos al uso de la palabra. Los trata, simplemente, como animales salvajes que entorpecen el desarrollo y el progreso de una nación civilizada, cuyo único merecimiento es morir. Es un guiño de ojo al exterminio indígena porque éstos son el peor tumor del mundo, el mal mayor.
Así, se desdibuja al otro desde el discurso del padre de la narrativa argentina, se lo parodia, se lo disfraza y se lo deshumaniza para que no tenga voz y se transforme en una pantomima que debe ser dominada. Semejante a lo que Dorfman y Mattelart le atribuyen a Disney en Cómo leer al pato Donald: “Disney-Cosmos no es el refugio en la esfera de la entretención ocasional, es nuestra vida cotidiana de la dominación y del sometimiento social. Pero al poner al Pato en el tapete es cuestionar las diversas formas de cultura autoritaria y paternalista que impregnan las relaciones del hombre burgués consigo mismo, con los otros hombres y con la naturaleza. Es una interrogación sobre el papel del individuo y de su clase social en el proceso de desarrollo histórico, sobre el modo de fabricar una cultura de masas a espaldas de las masas”
Por eso, cuando el poder político, económico, administrativo, cuando un canon literario o cuando, en apariencia, un simple dibujo animado construyen “al otro”, debemos estar atentos. Porque esa construcción siempre nos esta diciendo algo más interesante, real e importante de quien emite ese juicio, que sobre quien es objeto de esa tematización. Cualquier parentesco con el discurso paternalista de Cristina Fernández de Kirchner, o con los discursos oficialistas homogenizadores del “otro”, no es mera casualidad. Porque para que no exista una multiplicidad de ideas, para que ese “otro” no tenga identidad, no pueda organizarse, no pueda exigir más, la receta argentina tiene sus ingredientes discursivos muy bien aprendidos.
En el transcurso de estos cinco años de gobierno Kirchnerista, se sucedieron varias críticas, provenientes de diferentes sectores, sobre la utilización de un discurso gubernamental manierista y manipulador de la opinión pública. Sintetizado, se lo denomina como un “doble discurso”, pero pueden observarse diferentes variables, desde su connotación, sobre la construcción de la otredad.
Entre los diferentes puntos que en este respecto pueden rastrearse en el discurso oficialista sobresale la utilización de la antinomia: “nosotros o el mal mayor”. Cuestión ésta que se enfatizó en las últimas elecciones para posesionar a Macri como lo peor que le puede pasar a la argentina. Como si el kirchnerismo, en verdad, no fuera muy parecido al macrismo. Porque, vamos, que este gobierno por más que se proyecte ante la sociedad como un gobierno “reformista”, ahí están todavía la brecha entre ricos y pobres, los recursos energéticos y mineros privatizados y extranjerizados, la criminalización de la protesta por la firma de la ley antiterrorismo, la ley de radiodifusión de Martínez de Hoz, la flexibilización laboral, y una larga fila de etc. que esperan por una reforma pragmática y no discursiva. (Vale aclarar que esto se esperaría de un gobierno que se dice reformista no de un gobierno como puede ser el macrista para quien no hay otra ley que la de la selva-mercado y que se caiga quien no pueda agarrarse).
Otro punto, que se puede mencionar como una figuración discursiva que hace el oficialismo es el contraste continuo entre peronistas – anti-peronistas, que le sirve al gobierno para denominar como “gorila” a cualquier crítica. Aunque lo ilógico sea plantear la discusión en estos términos, cuando ya el peronismo dista de ser aquel movimiento justicialista que iniciara su general. Hoy, como mejor ejemplo de anti-peronistas basta con ver en lo que resulto el peronismo actual. Sin embargo, en estos últimos días, está clasificación recayó airadamente sobre los directivos de la Sociedad Rural Argentina, quienes más que gorilas son anti-populares. Es decir, que si bien es cierto que no le gustan los peronistas, con ellos han sabido, llegado el caso, ser socios en más de una oportunidad. Porque lo odiado por los dirigentes rurales es, en realidad, el pueblo, las masas, aquellos “cabecitas negras” del ayer y del hoy. Claro que por debajo de esto, subyace una significación aún más caprichosa y es la que lleva a los actuales peronistas a conceder a su partido la convergencia: peronista = pueblo. Cabría entonces la pregunta ¿es el peronismo actual, un movimiento popular?
Si es así, por qué se va a endeudar al país con la construcción de un tren bala que solo servirá para unos pocos y que tendrá estaciones, curiosamente, en las ciudades más ricas del país. Por qué no se utilizan las retenciones a las exportaciones para la construcción de un tren acorde con las posibilidades de un país tercermundista y latinoamericano. Por qué no se intenta comunicar a los pueblos del interior y sus mercancías con los grandes centros urbanos para reflotar las economías regionales a través de un verdadero sistema ferroviario democrático.
El gobierno, a través de su discurso, simplifica una y otra vez la lucha de poderes (que no es otra que la lucha de clases) con antinomias en donde se construye al otro como salvoconducto de su propia imagen y está se trasluzca con la de un gobierno “progresista y reformista”, representante del pueblo, para que al otro, por oposición, solo le quepa el traje del malvado ponedor de palos en la rueda.
No habla de los diferentes estratos sociales que comprende el campo ni trata de guarecer a los pequeños productores de las megas multinacionales. No habla de repartir las tierras entre diferentes cultivos regionales. No habla de blanquear a los peones y mejorar su salario. No opina que la tendencia al monocultivo, no se dio de la noche a la mañana, sino que se fortaleció con el gobierno de Nestor Kirchner. Habla “del campo” como una entidad indisoluble y nada hace para mejorar algunas de las injusticias mencionadas anteriormente.
Y que no se confunda el lector: la Sociedad Rural está emparentada con lo peor de nuestra historia y está unida a las injusticias más aberrantes, es responsable del desequilibrio y del sin sentido general, pero por qué este gobierno insiste con ser el portavoz de los derechos humanos. No cabe, entonces, preguntarse a quiénes está silenciando al tomar esa voz. Esa voz reivindicatoria, en realidad, no les correspondería a los trabajadores de las fábricas recuperadas, a los pueblos originarios, a los portavoces de los diferentes centros de derechos humanos, a las mismas madres y abuelas de plaza de mayo, a los inmigrantes empleados vilmente, a los que están trabajando en negro. Por qué el actual peronismo tiene que ser el portavoz de los derechos humanos cuando tiene en sus filas a Alberto Fernández, a José Luis Romero y a Daniel Scioli. Qué idoneidad moral tienen para ser adalides de los derechos humanos. Cómo pueden llenarse la boca, hablando de la importancia de estas normas, cuando todavía está impune el secuestro de Julio López y es claro el desinterés o la ineptitud para proteger a los testigos en los juicios de lesa humanidad dejando que secuestren en sus narices a Juan Puthod para después buscarlo con 250 oficiales, mientras se disponían de 500 efectivos para reprimir a los trabajadores de Maffisa, en La Plata, por defender sus puestos laborales. Claro que esta bien que un gobierno pregone su férrea convicción por la protección de los derechos humanos, pero mejor sería que actuara en consecuencia.
Otra de las simplificaciones discursivas que aplica este gobierno es posicionarse como celador de las masas populares contra los arrebatos de la oligarquía. Cuando en realidad, lo que facilitan con todas estas perogrulladas es que no se discuta nada. Nada que verdaderamente sea transformador, nada que saque a la argentina de esta crisis endémica, nada que cuestione los límites de los privados, nada que aclare las facultades constitucionales de la intervención estatal. Nada que plantee un curso revolucionario. No. A ver si el pueblo recuerda que hay muchas otras formas de llevar a la realidad, un país más equitativo y justo, desterrándolo de la abstracción meramente discursiva. Algunos lo justifican comparándolo con la intrascendencia que tenían estos temas durante el menemismo. Sería bueno comentarles que esta realidad dista mucho de estar a la altura de lo que debería ser.
Incluso, sería pertinente recordarles que en 1837 Esteban Echeverría publicaba su poema en prosa La Cautiva, un texto que versa sobre los infortunios que deben pasar una mujer blanca y un soldado del frente conquistador del “desierto” (vaya paradoja, conquistar un desierto), para escapar del cautiverio y las vejaciones a las que los sometían un malón de indios “incivilizados”. Para contar la historia Echeverría no sólo oculta los motivos por los cuales los indios se sublevan, que no era otro que la defensa ante el arrebato y el genocidio al que se los estaba sometiendo, sino que además, en su texto “los salvajes” no tienen derecho a defensa y mucho menos al uso de la palabra. Los trata, simplemente, como animales salvajes que entorpecen el desarrollo y el progreso de una nación civilizada, cuyo único merecimiento es morir. Es un guiño de ojo al exterminio indígena porque éstos son el peor tumor del mundo, el mal mayor.

Así, se desdibuja al otro desde el discurso del padre de la narrativa argentina, se lo parodia, se lo disfraza y se lo deshumaniza para que no tenga voz y se transforme en una pantomima que debe ser dominada. Semejante a lo que Dorfman y Mattelart le atribuyen a Disney en Cómo leer al pato Donald: “Disney-Cosmos no es el refugio en la esfera de la entretención ocasional, es nuestra vida cotidiana de la dominación y del sometimiento social. Pero al poner al Pato en el tapete es cuestionar las diversas formas de cultura autoritaria y paternalista que impregnan las relaciones del hombre burgués consigo mismo, con los otros hombres y con la naturaleza. Es una interrogación sobre el papel del individuo y de su clase social en el proceso de desarrollo histórico, sobre el modo de fabricar una cultura de masas a espaldas de las masas”
Por eso, cuando el poder político, económico, administrativo, cuando un canon literario o cuando, en apariencia, un simple dibujo animado construyen “al otro”, debemos estar atentos. Porque esa construcción siempre nos esta diciendo algo más interesante, real e importante de quien emite ese juicio, que sobre quien es objeto de esa tematización. Cualquier parentesco con el discurso paternalista de Cristina Fernández de Kirchner, o con los discursos oficialistas homogenizadores del “otro”, no es mera casualidad. Porque para que no exista una multiplicidad de ideas, para que ese “otro” no tenga identidad, no pueda organizarse, no pueda exigir más, la receta argentina tiene sus ingredientes discursivos muy bien aprendidos.