Libreros de Buenos Aires
Desde la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, en 1580, trascurrieron casi dos siglos para que en la ciudad hubiese imprentas, proveedores de libros, librerías y libreros. Fue en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se asentaron los primeros mercaderes de libros, algo así como protolibreros sin tener librerías instaladas. Por eso, en sus comienzos, si bien se ofrecían libros, se lo hacía a la par de medicinas, comestibles y otros artículos, todos ellos venidos de ultramar.
Pero en 1833, Marcos Sastre estableció la “Librería Argentina”, convirtiéndose así, en el primer librero criollo. Sin embargo, por ese vicio histórico del país, la emblemática creación del autor de “El temple Argentino” y de “Anagnosia”, subsistiría sólo hasta 1837, año en que por razones de prudencia política aconsejaron su cierre. No obstante, tras el cambio político operado en 1852, comenzó para Buenos Aires una nueva etapa en cuanto al periodismo, ediciones de libros, imprentas y por supuesto, para las librerías y los libreros.
De este modo, uno a uno los libreros se fueron sumando, pese a la repetida aparición de inolvidables ignorantes, generalmente uniformados, como el teniente coronel Gorleri, quien quemó en el ’78 libros “por Dios, Patria y Hogar”; para pasar a la historia como el gran quemador de libros.
Afortunadamente, en forma silenciosa y paralela, centenares de libreros llevaron a cabo su labor: abrir sus anaqueles a toda la ciudad, transformándola en una verdadera Biblioteca de Babel, o en aquel libro infinito que soñó Borges, para que hoy podamos remontar calle Corrientes como quien da una vuelta de página.
Hacer un listado de estos hacedores sería siempre injusto pero bien vale la pena mencionar en su honor por lo menos a dos de ellos: primero a Damián Carlos Hernández, para quien un libro era en sí, una biblioteca; ya que según cuentan sus allegados, cada vez que alguien preguntaba por un título, él siempre tenía otros dos para recomendarle a su cliente como complementos de lectura. Y segundo a un inmigrante ruso Manuel Gleizer, quien por salvar un momento malo de su vida, debió vender doscientos libros de su biblioteca personal a 40 centavos el tomo y terminó transformando su librería, en pleno corazón del barrio de Villa Crespo, en una meca a la que peregrinaban grandes escritores como Raúl González Tuñón y Leopoldo Marechal, por citar algunos.
Y esta idea de adentrarse en una librería como en un recinto sagrado la mantienen hoy en día libreros como Lisandro Landaeta, nieto de inmigrantes vascos y anarquistas, que levanta cada mañana la cortina metálica de su local sobre la Av. Corrienentes y para quien las respuestas a la preguntas pareciesen haberle sido reveladas previamente por alguna orden divina:
_ ¿A qué se debe esa mágica atracción que poseen las librerías?
_“Una librería es como un templo en donde el tiempo se detiene, uno pasa el umbral y la atmósfera se enrarece. El lector viene y a veces pregunta, pero por lo general, escudriña entre las estanterías, en las mesas, en las vitrinas como quien busca un tesoro, una obra que se le presente como una revelación”.
Landaeta parece un sacerdote laico de la lectura y habla de su trabajo con veneración. No hablará durante toda la entrevista de los libros más o menos vendidos, de la oferta y la demanda; sino más bien, de esa relación entre el lector y el libro que él presencia a diario con gran regocijo para su alma.
“Es intransferible lo que una persona siente cuando encuentra un libro que estaba buscando. Yo soy testigo, a veces, de emocionantes encuentros entre un autor y un lector. Eso es algo maravilloso. Ese descubrimiento me resulta sumamente gratificante”, dice.
_ ¿Igualmente, me imagino que habrá personas que compran libros solo por comprarlos, por poseerlos...?
_ “Si claro, pero esos son fácilmente identificables. Le diría que uno con los años hasta puede olerlos y distinguirlos”.
_ ¿Alguna vez sintió qué alguien se llevara un libro que usted creía que esa persona no merecía?
_”Claro, mentiría si dijera que no. Porque me ha pasado, que alguien se lleve un ejemplar y yo piense para mí: Este lo va a dejar arrumbado en un estante, que desperdicio; porque por otro lado, pienso que seguro hay alguien que está interesado en leerlo. Pero yo no puedo decirle: No, a usted no se lo vendo”, remarca con una risotada.
Por eso, todos los que alguna vez sacaron un libro de una biblioteca pública y puntualmente lo devolvieron para que otro pueda leerlo, y así: “el libro siga vivo”; entienden de lo que habla Landaeta. Que no es ni más ni menos que un principio de justicia, poética si se quiere, pero justicia en fin.
Lo cierto, es que Lisandro Landaeta deviene en librero cuando decide vender la panadería familiar que habían inaugurado sus abuelos. Y señala que de esta manera, su familia, sin proponérselo, confirmaría dos fenomenologías muy conocidas por los porteños: por un lado, la panadería puesta por inmigrantes anarquistas; y por otro lado, la que dictamina que es la tercera generación la que termina con el negocio familiar.
_ ¿Por qué decide poner una librería?
_”Por el amor que mi padre supo inculcarme hacia la lectura. Desde mi juventud acumulé libros que mis amigos venían a pedirme. Algunos no me los devolvían y entonces conocí el viejo refrán que dice: que existen dos clases de estúpidos, los que prestan libros y los que lo devuelven. Hasta que decidí, con mi padre ya mayor, vender la panadería y poner una librería. Así, podía seguir dándole libros a la gente y ganarme el sustento a la vez”.
_ Algo descubrió con sus amigos ¿ahora, puede descubrir la personalidad del cliente por el libro que compra?
_ “Optar por un libro es una hermosa decisión en la cual se manifiesta no solo la personalidad, o los intereses del comprador, sino también, su estado de ánimo o su espiritualidad”.
Su mensaje deja ver que buscar un libro es, en cierta forma, un acto de fe; y esclarece, a su vez, lo que podría transferirse como pulsión motora para todos aquellos libreros que un día decidieron poner libros a la venta. Pues qué es un buen librero, sino un lector que ofrece a los demás su amor por la lectura pidiendo solo a cambio un módico precio. No hay también en ello, de cierta forma, un acto de fe.
Claro que no todos los libreros exponen en sus vitrinas la misma “espiritualidad”; por el contrario, muchos se interesan meramente en ganar un buen dinero restándole ese grado de beatitud que tiene el oficio. En palabras de Landaeta: “No me interesa tener mis mesas llenas de best seller, o hacerle comprar a la gente tal o cual libro, sino que prefiero que cada persona tenga el libro que busca. Si viene un estudiante y me pide un ejemplar que le resulta oneroso, yo le aconsejo: llévese este, que es igual, pero de otra editorial y es un poco más económico”.
La surtida historia muestra que hubo y habrá, como pasa permanentemente en todas partes, libreros de y para todos los géneros y clases. Y como en un entramado manifiesto, que no acabara nunca, entre la ciudad y los libros, la realidad y la ficción, entre los libreros y la justicia poética; un genial Roberto Arlt, empleado en su adolescencia por otro librero, don Rafael Palumbo, retrataría para siempre aquella interrelación asombrosa a través del accionar de Silvio Astier en “El Juguete Rabioso”.
Este libro y todos los otros, diseminados en la ciudad, están ahí, esperando un lector que los desvele para, a su vez, ser desvelado. Y en esa relación espiritual siempre será bienvenido un buen librero. Un mediador como Lisandro Landaeta. Un sacerdote laico. Un paladín de la justicia poética que esgrima, como un amigo, el sabio consejo necesario.
Bibliografía utilizada para la reseña histórica:
“Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires”, Dirección General de Patrimonio, Bs. As. (2003)
viernes, 18 de enero de 2008
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