A ciento diez años del asesinato del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca
Cuando las palabras pueden más que las balas
Federico cumple seis años. La familia se reúne para celebrarlo en la gran casona de Fuente Vaqueros en las sierras de la Granada que lo vio nacer. El pequeño le pregunta a su madre, Vicenta Lorca Romero, maestra, y quien incentiva las curiosidades artísticas de su retoño; cuándo llegará su padre para comenzar la fiesta. El hacendado Federico García Rodríguez, no se hace esperar y vivando al mayor de sus cuatro hijos, repartiendo abrazos y besos para todos, deposita su sombrero en el perchero y se deja caer en el sillón de mimbre del soleado comedor. Los demás miembros de la familia también se sientan cerca del piano para escuchar al agasajado interpretar viejas canciones y romanceros populares. Esa métrica andaluza que acompaña a las vibraciones musicales por el aire, navegará también en las venas del futuro poeta durante su crecimiento y le dará el ritmo a la forma y contenido de su propia voz.
Pero es 5 de junio de 1904 y él, todavía niño, no piensa en lo que le costará terminar la carrera de abogacía para finalmente graduarse y nunca ejercer la profesión. Por el contrarío, esta tarde en la que el sol se empeña en rellenar la habitación, Federico García Lorca se deja poseer, a su vez, por la poesía; para vivir en y por ella hasta el final de su vida.
Transmutar
Viajes, estudios y tertulias irán afianzando la amistad del poeta con otros escritores, pero tendrá que esperar hasta 1918 para editar su primer poemario: “Impresiones y paisajes”. El afecto con sus pares irá madurando con los años y dará como fruto, en el verano de 1927, a una serie de presentaciones y lecturas para reivindicar la poesía del poeta español Luis de Góngora y Argote en conmemoración del trigésimo aniversario de su muerte. La historia de la literatura universal le daría a ese movimiento el nombre de “Generación del 27”. Incluso, ese mismo año García Lorca publica su primera obra de teatro: "María Pineda”. España vive su “época de plata” literaria y el ya talentoso poeta gitano no para de escribir poesía ni teatro convirtiéndose en uno de sus pilares.
Entre viajes, se radica un año en Nueva York para seguir con sus estudios. Lejos de obnubilarse con las luces de la gran ciudad y la pomposidad de su gente, Lorca no puede dejar de ver la sangre que se escurre por debajo de las calles. La deshumanización e individualismo del capitalismo avanzado y del que sólo le cabe una visión apocalíptica y desesperada que refleja mas tarde en: “Poeta en Nueva York”. Claro que para gritar ya no puede valerse del romancero y los cantos populares. Su lirismo necesita de otro ritmo y otra forma.
Federico García Lorca regresa a una España que empieza a resquebrajarse y el poeta se convence de que ante la realidad social el artista debe apasionarse. Su voz exige despegarse de la realidad para intentar abordarla y se tiñe con el surrealismo. Su poesía se rebela a sí misma. Muta entre lo popular y lo académico, entre lo clásico y la vanguardia, entre lo español y lo universal, lo racional y lo ilógico, va de lo cotidiano a lo onírico y viceversa. Pasará, según sus propias palabras, “del querer al amar” y buscará en cada uno de sus escritos a la poesía pura.
Imaginación, inspiración y evasión
El autor entendía que casi todo arte tiene su base mas firme en la imaginación, sinónimo de aptitud para el descubrimiento. Por eso, García Lorca no creía en la creación, sino en el descubrimiento. Como no creía en el artista sentado sino en el artista caminante. Para él la hija directa de la imaginación es la metáfora. La hija legítima y lógica, nacida muchas veces con el golpe rápido de la intuición o con la lenta angustia del pensamiento. Pero la imaginación esta limitada por la realidad. No se puede imaginar lo que no existe. “Vuela la imaginación sobre la razón como el perfume de la flor sobre la flor misma sin desprenderse de los pétalos, siguiendo los movimientos de la brisa, pero apoyado siempre en el centro inefable de su origen” *.
En contraposición, Lorca aseguraba que la inspiración golpea de plano muchas veces a la inteligencia y al orden natural de las cosas. “La imaginación es inteligente, ordenada, llena de equilibrio. La inspiración es incongruente en ocasiones, no conoce al hombre y pone muchas veces un gusano lívido en los ojos claros de nuestra musa”. *
Para Lorca así como la imaginación poética tiene una lógica humana. La inspiración poética tiene una lógica poética. “La inspiración es un estado de fe en medio de la más absoluta humildad.” * El poeta necesita una fe rotunda en la poesía, se necesita un estado de virtud material y espiritual de cierta perfección y se necesita saber rechazar con vehemencia toda tentación de ser comprendido.
Es así como García Lorca creía que: la imaginación lleva y da un ambiente poético y la inspiración inventa el hecho poético. Porque: “El hecho poético no se puede controlar con nada. Hay que aceptarlo como se acepta la lluvia de las estrellas. La poesía puede fugarse, evadirse, de las garras frías del razonamiento.”*
La poesía se expande en Lorca con un sentimiento planetario y procura huir de toda estética establecida. Pasa de la imaginación que es un hecho del alma, al camino de la inspiración que es un estado del alma. Una evasión pura. La inspiración del poeta descubre el hecho poético y ya no hay términos, ya no hay límites, ya no hay leyes explicables. ¡Admirable libertad! “La poesía deja de imaginar, deja de soñar, va del querer al amor”. *
Textual
ROMANCE DE LA LUNA, LUNA (1)
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando./
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño./
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos./
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados./
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos./
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado./
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados./
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados./
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano./
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
La luz del poeta es la contradicción.
“La poesía no quiere adeptos, sino amantes. Pone ramas de zarzamora y erizos de vidrio para que se hieran por su amor las manos que la buscan.” **
La poesía de Lorca es una poesía virgen, desanudada, libre de paréntesis. Es una poesía ecuménica con sus leyes recién creadas para ella y su cielo inédito. Y ha logrado exaltar el punto de pureza y sencillez al que conduce el hecho poético: eso que viene al poeta en calidad de inocencia y de trémula verdad. “Volver los ojos al puro instinto a la creación virginal incontrolada, a la fuente fresquísima de la emoción directa, descansando bajo la fuerza irrefrenable de sus propias almas descubiertas.”**
Lorca descubre que es en la imperfección donde brilla la belleza: en la dualidad de héroes-antihéroes, amor-frustración, marginalidad-autodestrucción, perpetuidad-esterilidad, real-irreal, vida-muerte. Y arguye una contradicción más en su derrotero poético: entre hombre y dios. La creación les es negada a los hombres. Hacer algo de la nada es tarea divina. Pero Lorca profundiza y eleva su metáfora. Recurre con maestría a la prosopopeya: figura que consiste en atribuir a las cosas inanimadas o abstractas, acciones y cualidades propias de seres animados, o a los seres irracionales las del hombre. Figuración de lo contradictorio. De esta manera, en su simbolismo: como la luna es muerte; la noche es drama y, su baño de plata, un cortejo fúnebre.
El romance del poeta y la luna
Lo obligan a bajar de la caja de un camión cuando la alborada ilumina las humilladas sierras, en un anónimo lugar entre Viznar y Alfacar, de una España que llora. Es 18 de agosto de 1936. Lo acompañan dos banderilleros y un maestro. Tres hombres, bajo el mando de otro uniformado, los empujan. Nadie le dirige la palabra ni le mira a los ojos. Dejarán que las bocas de los fusiles hablen por ellos. En la Granada que le dio la vida, la sangre se reencontrará con su tierra. Su cuerpo cae tras el estrépito infame. La luna esta mañana, se lleva a su poeta preferido para hacerlo su amante noche a noche.
Ciento diez años después de su nacimiento, todos honrarán el nombre de Federico García Lorca y nadie recordará siquiera, el nombre de sus asesinos.
Referencias:
* Extractos de una conferencia de F .G. L. dictada en Madrid, 16 de febrero 1929.
** Extractos de una conferencia de F. G. L. dictada en Nueva York, 10 de febrero de 1930.
(1) Poema de F. G. L. incluido en Primer romancero gitano escrito entre 1924-1927.
Bibliografía:
Federico García Lorca conferencias II, Mario Hernández, Alianza Editorial
Poema del cante jonde, Federico García Lorca, Obras completas, Vol. 3, R. B. A. Editores, España, 1998
Primer romancero gitano, Federico García Lorca, Obras completas, Vol. 4, R. B. A. Editores, España, 1998
Poeta en Nueva York, Federico García Lorca, Obras completas, Vol. 5, R. B. A. Editores, España, 1998
jueves, 26 de junio de 2008
lunes, 5 de mayo de 2008
Nota de opinión
La construcción discursiva del otro.
En el transcurso de estos cinco años de gobierno Kirchnerista, se sucedieron varias críticas, provenientes de diferentes sectores, sobre la utilización de un discurso gubernamental manierista y manipulador de la opinión pública. Sintetizado, se lo denomina como un “doble discurso”, pero pueden observarse diferentes variables, desde su connotación, sobre la construcción de la otredad.
Entre los diferentes puntos que en este respecto pueden rastrearse en el discurso oficialista sobresale la utilización de la antinomia: “nosotros o el mal mayor”. Cuestión ésta que se enfatizó en las últimas elecciones para posesionar a Macri como lo peor que le puede pasar a la argentina. Como si el kirchnerismo, en verdad, no fuera muy parecido al macrismo. Porque, vamos, que este gobierno por más que se proyecte ante la sociedad como un gobierno “reformista”, ahí están todavía la brecha entre ricos y pobres, los recursos energéticos y mineros privatizados y extranjerizados, la criminalización de la protesta por la firma de la ley antiterrorismo, la ley de radiodifusión de Martínez de Hoz, la flexibilización laboral, y una larga fila de etc. que esperan por una reforma pragmática y no discursiva. (Vale aclarar que esto se esperaría de un gobierno que se dice reformista no de un gobierno como puede ser el macrista para quien no hay otra ley que la de la selva-mercado y que se caiga quien no pueda agarrarse).
Otro punto, que se puede mencionar como una figuración discursiva que hace el oficialismo es el contraste continuo entre peronistas – anti-peronistas, que le sirve al gobierno para denominar como “gorila” a cualquier crítica. Aunque lo ilógico sea plantear la discusión en estos términos, cuando ya el peronismo dista de ser aquel movimiento justicialista que iniciara su general. Hoy, como mejor ejemplo de anti-peronistas basta con ver en lo que resulto el peronismo actual. Sin embargo, en estos últimos días, está clasificación recayó airadamente sobre los directivos de la Sociedad Rural Argentina, quienes más que gorilas son anti-populares. Es decir, que si bien es cierto que no le gustan los peronistas, con ellos han sabido, llegado el caso, ser socios en más de una oportunidad. Porque lo odiado por los dirigentes rurales es, en realidad, el pueblo, las masas, aquellos “cabecitas negras” del ayer y del hoy. Claro que por debajo de esto, subyace una significación aún más caprichosa y es la que lleva a los actuales peronistas a conceder a su partido la convergencia: peronista = pueblo. Cabría entonces la pregunta ¿es el peronismo actual, un movimiento popular?
Si es así, por qué se va a endeudar al país con la construcción de un tren bala que solo servirá para unos pocos y que tendrá estaciones, curiosamente, en las ciudades más ricas del país. Por qué no se utilizan las retenciones a las exportaciones para la construcción de un tren acorde con las posibilidades de un país tercermundista y latinoamericano. Por qué no se intenta comunicar a los pueblos del interior y sus mercancías con los grandes centros urbanos para reflotar las economías regionales a través de un verdadero sistema ferroviario democrático.
El gobierno, a través de su discurso, simplifica una y otra vez la lucha de poderes (que no es otra que la lucha de clases) con antinomias en donde se construye al otro como salvoconducto de su propia imagen y está se trasluzca con la de un gobierno “progresista y reformista”, representante del pueblo, para que al otro, por oposición, solo le quepa el traje del malvado ponedor de palos en la rueda.
No habla de los diferentes estratos sociales que comprende el campo ni trata de guarecer a los pequeños productores de las megas multinacionales. No habla de repartir las tierras entre diferentes cultivos regionales. No habla de blanquear a los peones y mejorar su salario. No opina que la tendencia al monocultivo, no se dio de la noche a la mañana, sino que se fortaleció con el gobierno de Nestor Kirchner. Habla “del campo” como una entidad indisoluble y nada hace para mejorar algunas de las injusticias mencionadas anteriormente.
Y que no se confunda el lector: la Sociedad Rural está emparentada con lo peor de nuestra historia y está unida a las injusticias más aberrantes, es responsable del desequilibrio y del sin sentido general, pero por qué este gobierno insiste con ser el portavoz de los derechos humanos. No cabe, entonces, preguntarse a quiénes está silenciando al tomar esa voz. Esa voz reivindicatoria, en realidad, no les correspondería a los trabajadores de las fábricas recuperadas, a los pueblos originarios, a los portavoces de los diferentes centros de derechos humanos, a las mismas madres y abuelas de plaza de mayo, a los inmigrantes empleados vilmente, a los que están trabajando en negro. Por qué el actual peronismo tiene que ser el portavoz de los derechos humanos cuando tiene en sus filas a Alberto Fernández, a José Luis Romero y a Daniel Scioli. Qué idoneidad moral tienen para ser adalides de los derechos humanos. Cómo pueden llenarse la boca, hablando de la importancia de estas normas, cuando todavía está impune el secuestro de Julio López y es claro el desinterés o la ineptitud para proteger a los testigos en los juicios de lesa humanidad dejando que secuestren en sus narices a Juan Puthod para después buscarlo con 250 oficiales, mientras se disponían de 500 efectivos para reprimir a los trabajadores de Maffisa, en La Plata, por defender sus puestos laborales. Claro que esta bien que un gobierno pregone su férrea convicción por la protección de los derechos humanos, pero mejor sería que actuara en consecuencia.
Otra de las simplificaciones discursivas que aplica este gobierno es posicionarse como celador de las masas populares contra los arrebatos de la oligarquía. Cuando en realidad, lo que facilitan con todas estas perogrulladas es que no se discuta nada. Nada que verdaderamente sea transformador, nada que saque a la argentina de esta crisis endémica, nada que cuestione los límites de los privados, nada que aclare las facultades constitucionales de la intervención estatal. Nada que plantee un curso revolucionario. No. A ver si el pueblo recuerda que hay muchas otras formas de llevar a la realidad, un país más equitativo y justo, desterrándolo de la abstracción meramente discursiva. Algunos lo justifican comparándolo con la intrascendencia que tenían estos temas durante el menemismo. Sería bueno comentarles que esta realidad dista mucho de estar a la altura de lo que debería ser.
Incluso, sería pertinente recordarles que en 1837 Esteban Echeverría publicaba su poema en prosa La Cautiva, un texto que versa sobre los infortunios que deben pasar una mujer blanca y un soldado del frente conquistador del “desierto” (vaya paradoja, conquistar un desierto), para escapar del cautiverio y las vejaciones a las que los sometían un malón de indios “incivilizados”. Para contar la historia Echeverría no sólo oculta los motivos por los cuales los indios se sublevan, que no era otro que la defensa ante el arrebato y el genocidio al que se los estaba sometiendo, sino que además, en su texto “los salvajes” no tienen derecho a defensa y mucho menos al uso de la palabra. Los trata, simplemente, como animales salvajes que entorpecen el desarrollo y el progreso de una nación civilizada, cuyo único merecimiento es morir. Es un guiño de ojo al exterminio indígena porque éstos son el peor tumor del mundo, el mal mayor.
Así, se desdibuja al otro desde el discurso del padre de la narrativa argentina, se lo parodia, se lo disfraza y se lo deshumaniza para que no tenga voz y se transforme en una pantomima que debe ser dominada. Semejante a lo que Dorfman y Mattelart le atribuyen a Disney en Cómo leer al pato Donald: “Disney-Cosmos no es el refugio en la esfera de la entretención ocasional, es nuestra vida cotidiana de la dominación y del sometimiento social. Pero al poner al Pato en el tapete es cuestionar las diversas formas de cultura autoritaria y paternalista que impregnan las relaciones del hombre burgués consigo mismo, con los otros hombres y con la naturaleza. Es una interrogación sobre el papel del individuo y de su clase social en el proceso de desarrollo histórico, sobre el modo de fabricar una cultura de masas a espaldas de las masas”
Por eso, cuando el poder político, económico, administrativo, cuando un canon literario o cuando, en apariencia, un simple dibujo animado construyen “al otro”, debemos estar atentos. Porque esa construcción siempre nos esta diciendo algo más interesante, real e importante de quien emite ese juicio, que sobre quien es objeto de esa tematización. Cualquier parentesco con el discurso paternalista de Cristina Fernández de Kirchner, o con los discursos oficialistas homogenizadores del “otro”, no es mera casualidad. Porque para que no exista una multiplicidad de ideas, para que ese “otro” no tenga identidad, no pueda organizarse, no pueda exigir más, la receta argentina tiene sus ingredientes discursivos muy bien aprendidos.
En el transcurso de estos cinco años de gobierno Kirchnerista, se sucedieron varias críticas, provenientes de diferentes sectores, sobre la utilización de un discurso gubernamental manierista y manipulador de la opinión pública. Sintetizado, se lo denomina como un “doble discurso”, pero pueden observarse diferentes variables, desde su connotación, sobre la construcción de la otredad.
Entre los diferentes puntos que en este respecto pueden rastrearse en el discurso oficialista sobresale la utilización de la antinomia: “nosotros o el mal mayor”. Cuestión ésta que se enfatizó en las últimas elecciones para posesionar a Macri como lo peor que le puede pasar a la argentina. Como si el kirchnerismo, en verdad, no fuera muy parecido al macrismo. Porque, vamos, que este gobierno por más que se proyecte ante la sociedad como un gobierno “reformista”, ahí están todavía la brecha entre ricos y pobres, los recursos energéticos y mineros privatizados y extranjerizados, la criminalización de la protesta por la firma de la ley antiterrorismo, la ley de radiodifusión de Martínez de Hoz, la flexibilización laboral, y una larga fila de etc. que esperan por una reforma pragmática y no discursiva. (Vale aclarar que esto se esperaría de un gobierno que se dice reformista no de un gobierno como puede ser el macrista para quien no hay otra ley que la de la selva-mercado y que se caiga quien no pueda agarrarse).
Otro punto, que se puede mencionar como una figuración discursiva que hace el oficialismo es el contraste continuo entre peronistas – anti-peronistas, que le sirve al gobierno para denominar como “gorila” a cualquier crítica. Aunque lo ilógico sea plantear la discusión en estos términos, cuando ya el peronismo dista de ser aquel movimiento justicialista que iniciara su general. Hoy, como mejor ejemplo de anti-peronistas basta con ver en lo que resulto el peronismo actual. Sin embargo, en estos últimos días, está clasificación recayó airadamente sobre los directivos de la Sociedad Rural Argentina, quienes más que gorilas son anti-populares. Es decir, que si bien es cierto que no le gustan los peronistas, con ellos han sabido, llegado el caso, ser socios en más de una oportunidad. Porque lo odiado por los dirigentes rurales es, en realidad, el pueblo, las masas, aquellos “cabecitas negras” del ayer y del hoy. Claro que por debajo de esto, subyace una significación aún más caprichosa y es la que lleva a los actuales peronistas a conceder a su partido la convergencia: peronista = pueblo. Cabría entonces la pregunta ¿es el peronismo actual, un movimiento popular?
Si es así, por qué se va a endeudar al país con la construcción de un tren bala que solo servirá para unos pocos y que tendrá estaciones, curiosamente, en las ciudades más ricas del país. Por qué no se utilizan las retenciones a las exportaciones para la construcción de un tren acorde con las posibilidades de un país tercermundista y latinoamericano. Por qué no se intenta comunicar a los pueblos del interior y sus mercancías con los grandes centros urbanos para reflotar las economías regionales a través de un verdadero sistema ferroviario democrático.
El gobierno, a través de su discurso, simplifica una y otra vez la lucha de poderes (que no es otra que la lucha de clases) con antinomias en donde se construye al otro como salvoconducto de su propia imagen y está se trasluzca con la de un gobierno “progresista y reformista”, representante del pueblo, para que al otro, por oposición, solo le quepa el traje del malvado ponedor de palos en la rueda.
No habla de los diferentes estratos sociales que comprende el campo ni trata de guarecer a los pequeños productores de las megas multinacionales. No habla de repartir las tierras entre diferentes cultivos regionales. No habla de blanquear a los peones y mejorar su salario. No opina que la tendencia al monocultivo, no se dio de la noche a la mañana, sino que se fortaleció con el gobierno de Nestor Kirchner. Habla “del campo” como una entidad indisoluble y nada hace para mejorar algunas de las injusticias mencionadas anteriormente.
Y que no se confunda el lector: la Sociedad Rural está emparentada con lo peor de nuestra historia y está unida a las injusticias más aberrantes, es responsable del desequilibrio y del sin sentido general, pero por qué este gobierno insiste con ser el portavoz de los derechos humanos. No cabe, entonces, preguntarse a quiénes está silenciando al tomar esa voz. Esa voz reivindicatoria, en realidad, no les correspondería a los trabajadores de las fábricas recuperadas, a los pueblos originarios, a los portavoces de los diferentes centros de derechos humanos, a las mismas madres y abuelas de plaza de mayo, a los inmigrantes empleados vilmente, a los que están trabajando en negro. Por qué el actual peronismo tiene que ser el portavoz de los derechos humanos cuando tiene en sus filas a Alberto Fernández, a José Luis Romero y a Daniel Scioli. Qué idoneidad moral tienen para ser adalides de los derechos humanos. Cómo pueden llenarse la boca, hablando de la importancia de estas normas, cuando todavía está impune el secuestro de Julio López y es claro el desinterés o la ineptitud para proteger a los testigos en los juicios de lesa humanidad dejando que secuestren en sus narices a Juan Puthod para después buscarlo con 250 oficiales, mientras se disponían de 500 efectivos para reprimir a los trabajadores de Maffisa, en La Plata, por defender sus puestos laborales. Claro que esta bien que un gobierno pregone su férrea convicción por la protección de los derechos humanos, pero mejor sería que actuara en consecuencia.
Otra de las simplificaciones discursivas que aplica este gobierno es posicionarse como celador de las masas populares contra los arrebatos de la oligarquía. Cuando en realidad, lo que facilitan con todas estas perogrulladas es que no se discuta nada. Nada que verdaderamente sea transformador, nada que saque a la argentina de esta crisis endémica, nada que cuestione los límites de los privados, nada que aclare las facultades constitucionales de la intervención estatal. Nada que plantee un curso revolucionario. No. A ver si el pueblo recuerda que hay muchas otras formas de llevar a la realidad, un país más equitativo y justo, desterrándolo de la abstracción meramente discursiva. Algunos lo justifican comparándolo con la intrascendencia que tenían estos temas durante el menemismo. Sería bueno comentarles que esta realidad dista mucho de estar a la altura de lo que debería ser.
Incluso, sería pertinente recordarles que en 1837 Esteban Echeverría publicaba su poema en prosa La Cautiva, un texto que versa sobre los infortunios que deben pasar una mujer blanca y un soldado del frente conquistador del “desierto” (vaya paradoja, conquistar un desierto), para escapar del cautiverio y las vejaciones a las que los sometían un malón de indios “incivilizados”. Para contar la historia Echeverría no sólo oculta los motivos por los cuales los indios se sublevan, que no era otro que la defensa ante el arrebato y el genocidio al que se los estaba sometiendo, sino que además, en su texto “los salvajes” no tienen derecho a defensa y mucho menos al uso de la palabra. Los trata, simplemente, como animales salvajes que entorpecen el desarrollo y el progreso de una nación civilizada, cuyo único merecimiento es morir. Es un guiño de ojo al exterminio indígena porque éstos son el peor tumor del mundo, el mal mayor.

Así, se desdibuja al otro desde el discurso del padre de la narrativa argentina, se lo parodia, se lo disfraza y se lo deshumaniza para que no tenga voz y se transforme en una pantomima que debe ser dominada. Semejante a lo que Dorfman y Mattelart le atribuyen a Disney en Cómo leer al pato Donald: “Disney-Cosmos no es el refugio en la esfera de la entretención ocasional, es nuestra vida cotidiana de la dominación y del sometimiento social. Pero al poner al Pato en el tapete es cuestionar las diversas formas de cultura autoritaria y paternalista que impregnan las relaciones del hombre burgués consigo mismo, con los otros hombres y con la naturaleza. Es una interrogación sobre el papel del individuo y de su clase social en el proceso de desarrollo histórico, sobre el modo de fabricar una cultura de masas a espaldas de las masas”
Por eso, cuando el poder político, económico, administrativo, cuando un canon literario o cuando, en apariencia, un simple dibujo animado construyen “al otro”, debemos estar atentos. Porque esa construcción siempre nos esta diciendo algo más interesante, real e importante de quien emite ese juicio, que sobre quien es objeto de esa tematización. Cualquier parentesco con el discurso paternalista de Cristina Fernández de Kirchner, o con los discursos oficialistas homogenizadores del “otro”, no es mera casualidad. Porque para que no exista una multiplicidad de ideas, para que ese “otro” no tenga identidad, no pueda organizarse, no pueda exigir más, la receta argentina tiene sus ingredientes discursivos muy bien aprendidos.
lunes, 4 de febrero de 2008
Poesía
Poesía del pensamiento o de la luz y la sombra
Revolviendo las formas entre lo visible y lo invisible,
mostrando una radiografía esquizofrénica de la materia,
la tarde avanza y transforma las cosas,
como si ellas no fuesen más
que un retruque entre la luz y la sombra.
Así, el día y la noche, en su afán de círculo,
reformulan los patrones de distancia entre los hombres
y le injertan en la mirada
la presencia del vacío,
la duda entre lo que sus manos tocan y lo que no tocan,
la certeza del ser, del no- ser y de las posibilidades entre ambos.
Los hombres perciben humildemente
que viven en el vacío y moviendo sus manos en él,
hasta que toman otras manos o una taza,
se preguntan por qué si el lugar del ser o del no-ser es el vacío:
cómo el lenguaje de los hombres no es el silencio.
Y entonces, de repente, se arrojan a escribir al descubierto,
en la intemperie, una poesía tan humana
que no habla del hombre sino del no-hombre,
una poesía anterior a si mismos,
una poesía del pensamiento
que no es más que un capricho de la luz y la sombra.
Como si la confusión fuese el estado general del universo
y el orden no estuviese necesariamente en su revés,
sino reservado en cualquier otra naturaleza.
Remolinovencedor
Revolviendo las formas entre lo visible y lo invisible,
mostrando una radiografía esquizofrénica de la materia,
la tarde avanza y transforma las cosas,
como si ellas no fuesen más
que un retruque entre la luz y la sombra.
Así, el día y la noche, en su afán de círculo,
reformulan los patrones de distancia entre los hombres
y le injertan en la mirada
la presencia del vacío,
la duda entre lo que sus manos tocan y lo que no tocan,
la certeza del ser, del no- ser y de las posibilidades entre ambos.
Los hombres perciben humildemente
que viven en el vacío y moviendo sus manos en él,
hasta que toman otras manos o una taza,
se preguntan por qué si el lugar del ser o del no-ser es el vacío:
cómo el lenguaje de los hombres no es el silencio.
Y entonces, de repente, se arrojan a escribir al descubierto,
en la intemperie, una poesía tan humana
que no habla del hombre sino del no-hombre,
una poesía anterior a si mismos,
una poesía del pensamiento
que no es más que un capricho de la luz y la sombra.
Como si la confusión fuese el estado general del universo
y el orden no estuviese necesariamente en su revés,
sino reservado en cualquier otra naturaleza.
Remolinovencedor
lunes, 21 de enero de 2008
viernes, 18 de enero de 2008
Entrevista
Libreros de Buenos Aires
Desde la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, en 1580, trascurrieron casi dos siglos para que en la ciudad hubiese imprentas, proveedores de libros, librerías y libreros. Fue en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se asentaron los primeros mercaderes de libros, algo así como protolibreros sin tener librerías instaladas. Por eso, en sus comienzos, si bien se ofrecían libros, se lo hacía a la par de medicinas, comestibles y otros artículos, todos ellos venidos de ultramar.
Pero en 1833, Marcos Sastre estableció la “Librería Argentina”, convirtiéndose así, en el primer librero criollo. Sin embargo, por ese vicio histórico del país, la emblemática creación del autor de “El temple Argentino” y de “Anagnosia”, subsistiría sólo hasta 1837, año en que por razones de prudencia política aconsejaron su cierre. No obstante, tras el cambio político operado en 1852, comenzó para Buenos Aires una nueva etapa en cuanto al periodismo, ediciones de libros, imprentas y por supuesto, para las librerías y los libreros.
De este modo, uno a uno los libreros se fueron sumando, pese a la repetida aparición de inolvidables ignorantes, generalmente uniformados, como el teniente coronel Gorleri, quien quemó en el ’78 libros “por Dios, Patria y Hogar”; para pasar a la historia como el gran quemador de libros.
Afortunadamente, en forma silenciosa y paralela, centenares de libreros llevaron a cabo su labor: abrir sus anaqueles a toda la ciudad, transformándola en una verdadera Biblioteca de Babel, o en aquel libro infinito que soñó Borges, para que hoy podamos remontar calle Corrientes como quien da una vuelta de página.
Hacer un listado de estos hacedores sería siempre injusto pero bien vale la pena mencionar en su honor por lo menos a dos de ellos: primero a Damián Carlos Hernández, para quien un libro era en sí, una biblioteca; ya que según cuentan sus allegados, cada vez que alguien preguntaba por un título, él siempre tenía otros dos para recomendarle a su cliente como complementos de lectura. Y segundo a un inmigrante ruso Manuel Gleizer, quien por salvar un momento malo de su vida, debió vender doscientos libros de su biblioteca personal a 40 centavos el tomo y terminó transformando su librería, en pleno corazón del barrio de Villa Crespo, en una meca a la que peregrinaban grandes escritores como Raúl González Tuñón y Leopoldo Marechal, por citar algunos.
Y esta idea de adentrarse en una librería como en un recinto sagrado la mantienen hoy en día libreros como Lisandro Landaeta, nieto de inmigrantes vascos y anarquistas, que levanta cada mañana la cortina metálica de su local sobre la Av. Corrienentes y para quien las respuestas a la preguntas pareciesen haberle sido reveladas previamente por alguna orden divina:
_ ¿A qué se debe esa mágica atracción que poseen las librerías?
_“Una librería es como un templo en donde el tiempo se detiene, uno pasa el umbral y la atmósfera se enrarece. El lector viene y a veces pregunta, pero por lo general, escudriña entre las estanterías, en las mesas, en las vitrinas como quien busca un tesoro, una obra que se le presente como una revelación”.
Landaeta parece un sacerdote laico de la lectura y habla de su trabajo con veneración. No hablará durante toda la entrevista de los libros más o menos vendidos, de la oferta y la demanda; sino más bien, de esa relación entre el lector y el libro que él presencia a diario con gran regocijo para su alma.
“Es intransferible lo que una persona siente cuando encuentra un libro que estaba buscando. Yo soy testigo, a veces, de emocionantes encuentros entre un autor y un lector. Eso es algo maravilloso. Ese descubrimiento me resulta sumamente gratificante”, dice.
_ ¿Igualmente, me imagino que habrá personas que compran libros solo por comprarlos, por poseerlos...?
_ “Si claro, pero esos son fácilmente identificables. Le diría que uno con los años hasta puede olerlos y distinguirlos”.
_ ¿Alguna vez sintió qué alguien se llevara un libro que usted creía que esa persona no merecía?
_”Claro, mentiría si dijera que no. Porque me ha pasado, que alguien se lleve un ejemplar y yo piense para mí: Este lo va a dejar arrumbado en un estante, que desperdicio; porque por otro lado, pienso que seguro hay alguien que está interesado en leerlo. Pero yo no puedo decirle: No, a usted no se lo vendo”, remarca con una risotada.
Por eso, todos los que alguna vez sacaron un libro de una biblioteca pública y puntualmente lo devolvieron para que otro pueda leerlo, y así: “el libro siga vivo”; entienden de lo que habla Landaeta. Que no es ni más ni menos que un principio de justicia, poética si se quiere, pero justicia en fin.
Lo cierto, es que Lisandro Landaeta deviene en librero cuando decide vender la panadería familiar que habían inaugurado sus abuelos. Y señala que de esta manera, su familia, sin proponérselo, confirmaría dos fenomenologías muy conocidas por los porteños: por un lado, la panadería puesta por inmigrantes anarquistas; y por otro lado, la que dictamina que es la tercera generación la que termina con el negocio familiar.
_ ¿Por qué decide poner una librería?
_”Por el amor que mi padre supo inculcarme hacia la lectura. Desde mi juventud acumulé libros que mis amigos venían a pedirme. Algunos no me los devolvían y entonces conocí el viejo refrán que dice: que existen dos clases de estúpidos, los que prestan libros y los que lo devuelven. Hasta que decidí, con mi padre ya mayor, vender la panadería y poner una librería. Así, podía seguir dándole libros a la gente y ganarme el sustento a la vez”.
_ Algo descubrió con sus amigos ¿ahora, puede descubrir la personalidad del cliente por el libro que compra?
_ “Optar por un libro es una hermosa decisión en la cual se manifiesta no solo la personalidad, o los intereses del comprador, sino también, su estado de ánimo o su espiritualidad”.
Su mensaje deja ver que buscar un libro es, en cierta forma, un acto de fe; y esclarece, a su vez, lo que podría transferirse como pulsión motora para todos aquellos libreros que un día decidieron poner libros a la venta. Pues qué es un buen librero, sino un lector que ofrece a los demás su amor por la lectura pidiendo solo a cambio un módico precio. No hay también en ello, de cierta forma, un acto de fe.
Claro que no todos los libreros exponen en sus vitrinas la misma “espiritualidad”; por el contrario, muchos se interesan meramente en ganar un buen dinero restándole ese grado de beatitud que tiene el oficio. En palabras de Landaeta: “No me interesa tener mis mesas llenas de best seller, o hacerle comprar a la gente tal o cual libro, sino que prefiero que cada persona tenga el libro que busca. Si viene un estudiante y me pide un ejemplar que le resulta oneroso, yo le aconsejo: llévese este, que es igual, pero de otra editorial y es un poco más económico”.
La surtida historia muestra que hubo y habrá, como pasa permanentemente en todas partes, libreros de y para todos los géneros y clases. Y como en un entramado manifiesto, que no acabara nunca, entre la ciudad y los libros, la realidad y la ficción, entre los libreros y la justicia poética; un genial Roberto Arlt, empleado en su adolescencia por otro librero, don Rafael Palumbo, retrataría para siempre aquella interrelación asombrosa a través del accionar de Silvio Astier en “El Juguete Rabioso”.
Este libro y todos los otros, diseminados en la ciudad, están ahí, esperando un lector que los desvele para, a su vez, ser desvelado. Y en esa relación espiritual siempre será bienvenido un buen librero. Un mediador como Lisandro Landaeta. Un sacerdote laico. Un paladín de la justicia poética que esgrima, como un amigo, el sabio consejo necesario.
Bibliografía utilizada para la reseña histórica:
“Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires”, Dirección General de Patrimonio, Bs. As. (2003)
Desde la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, en 1580, trascurrieron casi dos siglos para que en la ciudad hubiese imprentas, proveedores de libros, librerías y libreros. Fue en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se asentaron los primeros mercaderes de libros, algo así como protolibreros sin tener librerías instaladas. Por eso, en sus comienzos, si bien se ofrecían libros, se lo hacía a la par de medicinas, comestibles y otros artículos, todos ellos venidos de ultramar.
Pero en 1833, Marcos Sastre estableció la “Librería Argentina”, convirtiéndose así, en el primer librero criollo. Sin embargo, por ese vicio histórico del país, la emblemática creación del autor de “El temple Argentino” y de “Anagnosia”, subsistiría sólo hasta 1837, año en que por razones de prudencia política aconsejaron su cierre. No obstante, tras el cambio político operado en 1852, comenzó para Buenos Aires una nueva etapa en cuanto al periodismo, ediciones de libros, imprentas y por supuesto, para las librerías y los libreros.
De este modo, uno a uno los libreros se fueron sumando, pese a la repetida aparición de inolvidables ignorantes, generalmente uniformados, como el teniente coronel Gorleri, quien quemó en el ’78 libros “por Dios, Patria y Hogar”; para pasar a la historia como el gran quemador de libros.
Afortunadamente, en forma silenciosa y paralela, centenares de libreros llevaron a cabo su labor: abrir sus anaqueles a toda la ciudad, transformándola en una verdadera Biblioteca de Babel, o en aquel libro infinito que soñó Borges, para que hoy podamos remontar calle Corrientes como quien da una vuelta de página.
Hacer un listado de estos hacedores sería siempre injusto pero bien vale la pena mencionar en su honor por lo menos a dos de ellos: primero a Damián Carlos Hernández, para quien un libro era en sí, una biblioteca; ya que según cuentan sus allegados, cada vez que alguien preguntaba por un título, él siempre tenía otros dos para recomendarle a su cliente como complementos de lectura. Y segundo a un inmigrante ruso Manuel Gleizer, quien por salvar un momento malo de su vida, debió vender doscientos libros de su biblioteca personal a 40 centavos el tomo y terminó transformando su librería, en pleno corazón del barrio de Villa Crespo, en una meca a la que peregrinaban grandes escritores como Raúl González Tuñón y Leopoldo Marechal, por citar algunos.
Y esta idea de adentrarse en una librería como en un recinto sagrado la mantienen hoy en día libreros como Lisandro Landaeta, nieto de inmigrantes vascos y anarquistas, que levanta cada mañana la cortina metálica de su local sobre la Av. Corrienentes y para quien las respuestas a la preguntas pareciesen haberle sido reveladas previamente por alguna orden divina:
_ ¿A qué se debe esa mágica atracción que poseen las librerías?
_“Una librería es como un templo en donde el tiempo se detiene, uno pasa el umbral y la atmósfera se enrarece. El lector viene y a veces pregunta, pero por lo general, escudriña entre las estanterías, en las mesas, en las vitrinas como quien busca un tesoro, una obra que se le presente como una revelación”.
Landaeta parece un sacerdote laico de la lectura y habla de su trabajo con veneración. No hablará durante toda la entrevista de los libros más o menos vendidos, de la oferta y la demanda; sino más bien, de esa relación entre el lector y el libro que él presencia a diario con gran regocijo para su alma.
“Es intransferible lo que una persona siente cuando encuentra un libro que estaba buscando. Yo soy testigo, a veces, de emocionantes encuentros entre un autor y un lector. Eso es algo maravilloso. Ese descubrimiento me resulta sumamente gratificante”, dice.
_ ¿Igualmente, me imagino que habrá personas que compran libros solo por comprarlos, por poseerlos...?
_ “Si claro, pero esos son fácilmente identificables. Le diría que uno con los años hasta puede olerlos y distinguirlos”.
_ ¿Alguna vez sintió qué alguien se llevara un libro que usted creía que esa persona no merecía?
_”Claro, mentiría si dijera que no. Porque me ha pasado, que alguien se lleve un ejemplar y yo piense para mí: Este lo va a dejar arrumbado en un estante, que desperdicio; porque por otro lado, pienso que seguro hay alguien que está interesado en leerlo. Pero yo no puedo decirle: No, a usted no se lo vendo”, remarca con una risotada.
Por eso, todos los que alguna vez sacaron un libro de una biblioteca pública y puntualmente lo devolvieron para que otro pueda leerlo, y así: “el libro siga vivo”; entienden de lo que habla Landaeta. Que no es ni más ni menos que un principio de justicia, poética si se quiere, pero justicia en fin.
Lo cierto, es que Lisandro Landaeta deviene en librero cuando decide vender la panadería familiar que habían inaugurado sus abuelos. Y señala que de esta manera, su familia, sin proponérselo, confirmaría dos fenomenologías muy conocidas por los porteños: por un lado, la panadería puesta por inmigrantes anarquistas; y por otro lado, la que dictamina que es la tercera generación la que termina con el negocio familiar.
_ ¿Por qué decide poner una librería?
_”Por el amor que mi padre supo inculcarme hacia la lectura. Desde mi juventud acumulé libros que mis amigos venían a pedirme. Algunos no me los devolvían y entonces conocí el viejo refrán que dice: que existen dos clases de estúpidos, los que prestan libros y los que lo devuelven. Hasta que decidí, con mi padre ya mayor, vender la panadería y poner una librería. Así, podía seguir dándole libros a la gente y ganarme el sustento a la vez”.
_ Algo descubrió con sus amigos ¿ahora, puede descubrir la personalidad del cliente por el libro que compra?
_ “Optar por un libro es una hermosa decisión en la cual se manifiesta no solo la personalidad, o los intereses del comprador, sino también, su estado de ánimo o su espiritualidad”.
Su mensaje deja ver que buscar un libro es, en cierta forma, un acto de fe; y esclarece, a su vez, lo que podría transferirse como pulsión motora para todos aquellos libreros que un día decidieron poner libros a la venta. Pues qué es un buen librero, sino un lector que ofrece a los demás su amor por la lectura pidiendo solo a cambio un módico precio. No hay también en ello, de cierta forma, un acto de fe.
Claro que no todos los libreros exponen en sus vitrinas la misma “espiritualidad”; por el contrario, muchos se interesan meramente en ganar un buen dinero restándole ese grado de beatitud que tiene el oficio. En palabras de Landaeta: “No me interesa tener mis mesas llenas de best seller, o hacerle comprar a la gente tal o cual libro, sino que prefiero que cada persona tenga el libro que busca. Si viene un estudiante y me pide un ejemplar que le resulta oneroso, yo le aconsejo: llévese este, que es igual, pero de otra editorial y es un poco más económico”.
La surtida historia muestra que hubo y habrá, como pasa permanentemente en todas partes, libreros de y para todos los géneros y clases. Y como en un entramado manifiesto, que no acabara nunca, entre la ciudad y los libros, la realidad y la ficción, entre los libreros y la justicia poética; un genial Roberto Arlt, empleado en su adolescencia por otro librero, don Rafael Palumbo, retrataría para siempre aquella interrelación asombrosa a través del accionar de Silvio Astier en “El Juguete Rabioso”.
Este libro y todos los otros, diseminados en la ciudad, están ahí, esperando un lector que los desvele para, a su vez, ser desvelado. Y en esa relación espiritual siempre será bienvenido un buen librero. Un mediador como Lisandro Landaeta. Un sacerdote laico. Un paladín de la justicia poética que esgrima, como un amigo, el sabio consejo necesario.
Bibliografía utilizada para la reseña histórica:
“Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires”, Dirección General de Patrimonio, Bs. As. (2003)
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