El hilo primordial
Un niño juega con una varilla de metal
sobre el suelo de tierra de la herrería familiar.
Sus manos no saben lo existencial de su caricia
para otro niño
en un tirón de años por delante.
Quizás sospechen que apagaran incendios,
pero no que le servirán de espejo a las manos
de aquél niño;
que irá buscando en ellas arrugas y manchas
para hallar el hilo primordial en lo impugnable.
Ahora dibuja aviones y sueña con ser piloto,
desconoce la palabra: autobomba
y no sabe aún del dios
al que le elevará un templo.
Sus manos aprenderán un oficio,
obrarán con dignidad el sustento al otro niño.
Salvarán vidas. Proveerán abrigo. Sabrán darse,
ofrecerse a los suyos y ajenos por completo.
Esa será su más hermosa lección
sin siquiera proponérselo.
Sus manos, ahora pequeñas, serán luz;
aprenderán a despejar del mundo
todo lo que sobra y no es amor.
Sin embargo ahora él niño ata un delantal azul a su cintura,
abandona la varilla de los sueños
y se apresta a ayudar en la herrería.
Después, un tirón de años por delante,
tratará de ser padre,
y el otro niño tratará de ser hijo.
Hablarán con franqueza mirándose a los ojos.
Se respetarán. Siempre.
Y compartirán un saber necesario en sus pechos:
Un hombre es lo que le construye a los otros con sus manos.
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